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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 4 

La sabiduría de su enseñanza 

"Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se 
admiraba de su doctrina; porque les enseñaba co- 
mo quien tiene autoridad y no como los escribas " 
(Mateo 7:28) 

é on estas palabras resume Mateo la actitud de la gente que componía 
a audiencia de Jesús mientras pronunciaba el inmortal discurso que 
ahora conocemos como el Sermón del Monte. 

Mientras pensaba en este capítulo sobre la sabiduría de las ense- 
ñanzas de Jesús, dejé que mi mente vagara a través de los siglos en busca de los 
más grandes maestros y filósofos del mundo, preguntándome quién, entre este 
grupo, podría equipararse con él. Ignorando a los pececillos (Kant, Hegel, 
Erasmo, Santayana, etc.), consideré a los peces gordos, los pensadores que por 
su importancia histórica podrían considerarse sus iguales: Hammurabi (1728- 
1686 a.C); Zoroastro (c. 1200 a.C); Confucio (551-479 a.C); Sócrates (469- 
399 a.C); Platón (427-347 a.C); Aristóteles (384-322 a.C). 

Llegué a la conclusión de que a Jesús hay que colocarlo en un lugar especial, y 
forma por sí mismo una clase aparte. En reahdad, incluso el pensamiento de 
que alguien podría igualársele se siente como una blasfemia. 

Ningún otro filósofo podría pretender ser "el camino, la verdad y la vida" como 
lo hizo Jesús (Juan 14: 6). Ningún otro gurú podría decir: "Yo soy el pan de vi- 
da", "Yo soy la luz del mundo" (Juan 6: 35; 8: 12). "Podemos rastrear la ascen- 
dencia de los maestros del mundo hasta donde alcanzan los informes humanos: 
pero antes de ellos estaba la Luz. Así como la Luna y los planetas de nuestro 
sistema solar brillan por la luz del Sol que reflejan, los grandes pensadores del 
mundo, en lo que tenga de cierto su enseñanza, reflejan los rayos del Sol de 

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Justicia. Todo rayo del pensamiento, todo destello del intelecto, procede de la 
luz del mundo ". ' 

Aquel día, en la ladera de la montaña, Jesús se dirigió a aquella multitud de 
personas humildes en términos asombrosamente sencillos e insondablemente 
profundos, en sentimientos que han desafiado a los pensadores religiosos y so- 
ciales a través de los siglos. "La montaña donde Cristo predicó el Sermón del 
Monte se ha llamado 'el Sinaí del Nuevo Testamento' pues tiene la misma rela- 
ción con la iglesia cristiana que tiene el Monte Sinaí con la nación judía. En el 
Sinaí Dios proclamó la ley divina. En un desconocido monte de Galilea Jesús 
reafirmó la divina ley, explicó su verdadero sentido con detalles más amplios y 
aplicó sus preceptos a los problemas de la vida diaria". " 

Su mensaje de aquel día fue de proporciones tan abarcantes, que cubrió un am- 
plio panorama teológico y social. Habló acerca de nuestra influencia en la so- 
ciedad (Mateo 5:13-16); de la ley de Dios (Mateo 5:17-20); del divorcio (Ma- 
teo 5:31, 32); del juramento (Mateo 5:33-37); de la venganza (Mateo 5:38-42); 
de las relaciones (Mateo 5:43^8); de la oración (Mateo 6:1-4); del ayuno (Ma- 
teo 6:16-18); del espíritu con que se debe dar (Mateo 6:19-24); de la ansiedad 
(Mateo 6:25-34); del camino angosto (Mateo 7:13, 14); y la lista se alarga mu- 
cho. ¡Y eso es lo que hallamos solo en el Sermón del Monte! Doquiera uno 
busque en todos los Evangelios halla a Jesús enseñando, y lo que consideramos 
aquí lo he elegido al azar. He seleccionado únicamente tres aspectos de su en- 



1. Su enseñanza acerca de Dios 

Si usted ha tomado tiempo alguna vez para analizar las implicaciones de un Ser 
Supremo y cómo llegamos al conocimiento de su existencia, comprenderá un 
poquito acerca de la increíble complejidad de este tema. 

¿Cómo llegar a un conocimiento confiable acerca de este insondable misterio? 
Para los que somos cristianos este conocimiento viene a través de las Santas 
Escrituras. Quítennos la Biblia y nos dejan en la oscuridad dando palos de cie- 
go. Es en la Biblia donde hallamos respuestas confiables acerca de Dios: su 
existencia, su poder, su carácter. Al abordar la pregunta, el autor de Hebreos 
hace notar que en el pasado los profetas hablaron acerca de Dios. Pero ahora, 
"en estos postreros días". Dios está hablando por medio de su Hijo, "por quien 
asimismo hizo el universo" (Hebreos 1:1, 2). "A Dios nadie le vio jamás", dice 

' Elena G. de White, La educación, pp. 11, 12. 
Comentarío bíblico adventista, tomo 5, p. 314. 

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Juan, "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer" 

(Juan 1:18). 

En otras palabras, a través de Jesús tenemos la revelación última y final del Ser 

Supremo. 

En los párrafos iniciales del Sermón del Monte él nos proporciona información, 
aunque sea indirecta, del tipo de Dios que tenemos. Es un Dios que otorga el 
reino a "los pobres en espíritu", un Dios que consuela a los que sufren, que re- 
serva un lugar eterno para los humildes, que satisface nuestra hambre y sed de 
justicia, que se deleita en la misericordia, la pureza y la paz; y quien, al final, 
dará el reino a quienes hayan sido perseguidos y vituperados por su causa. To- 
do eso está en Mateo 5:3-1 1. Si bien Jesús estaba aquí amonestando a la gente 
con referencia a lo que debían llegar a ser, pintaba, al mismo tiempo, indirec- 
tamente, un cuadro del carácter de Dios. Decía, en efecto: así es Dios. 

Durante el resto de su ministerio también dio algunas vislumbres con respecto 
a la naturaleza y el carácter de este misterioso ser llamado Dios. Hemos descu- 
bierto que es un Dios de bondad v compasión, preocupado por revelar su 
equidad y justicia; un Dios que se preocupa por los pobres y los marginados de 
la sociedad; un Dios que no hace acepción de personas, un Dios al cual pode- 
mos acercarnos confiadamente, porque está lleno de amor y gracia. En otras 
palabras, un Dios como Jesús. 

Jesús nos revela a un Dios que comisiona a los ángeles para que vigilen a los ni- 
ños pequeñitos (Mateo 18:10). Y cuando sus discípulos trataron de deshacerse de 
los niños para proteger a un Jesús muy ocupado contra lo que consideraban una 
interrupción innecesaria, Jesús intervino, diciendo: "Dejad a los niños venir a 
mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos" (Mateo 
19:13, 14). 

Tenemos un Dios, enseñó Jesús, que no se deja engañar por nuestras simulacio- 
nes, ni por la ostentación de nuestra adoración. "No todo el que me dice: Señor, 
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre 
que está en los cielos" (Mateo 7:21). Podemos profetizar en su nombre, pode- 
mos realizar milagros y echar fuera demonios; pero solo una obediencia que 
procede del corazón importa al final. Ese fue el mensaje que Jesús le dio a la 
mujer samaritana en su emocionante diálogo acerca de la adoración. Dijo que 
carece de importancia el lugar donde adoramos, porque "la hora viene, y ahora 
es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en ver- 
dad: porque también el Padre, tales adoradores busca que le adoren" (Juan 
4:21-23). 

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Una de las revelaciones más poderosas acerca de Dios que Jesús les hizo a sus 
excesivamente celosos (y a veces, fanáticos) compatriotas, la dio en sus intentos 
por recuperar el verdadero significado y espíritu del sábado de las distorsiones a 
las cuales lo habían sometido. Jesús realizó sus milagros en sábado con el 
propósito de corregir la crasa desfiguración del amante carácter de Dios. 

El relato que encontramos en Lucas 13:10-17 es un buen ejemplo. Era sábado, 
y una mujer enferma "que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfer- 
medad" estaba presente, dice Lucas. Ella "andaba encorvada, y en ninguna ma- 
nera se podía enderezar". "Cuando Jesús la vio, la llamó, y le dijo: "Mujer, eres 
libre de tu enfermedad". Inmediatamente la mujer se enderezó, y comenzó a 
alabar a Dios (versículos 10-13). Pero el jefe de la sinagoga, "indignado de que 
Jesús hubiese sanado en el día de reposo", hizo una clara advertencia: "Seis 
días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en el 
día de reposo" (versículo 14). 

¡Imagine la dureza, la frialdad, de aquel dirigente de la sinagoga! En vez de 
prorrumpir en alabanzas y aleluyas e invitar a la gente a entonar una doxología, 
hace el cruel y duro anuncio: "¡No queremos nada de esto en el futuro!" 

Creo que si tuviéramos un registro audiovisual de la respuesta de Jesús, ver- 
íamos el fuego en sus ojos, y escucharíamos en sus palabras la expresión de su 
más profunda ira por causa de esta grosera distorsión del significado del sábado 
y del carácter de Dios. Trabajamos para rescatar a un buey o un asno durante el 
sábado, ¿o no? Él dijo: "Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado du- 
rante dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de re- 
poso?" (versículos 15, 16). 

¡Imagine el impacto de estas palabras, pronunciadas, quizá, mientras la mujer to- 
davía estaba de pie, a su lado, rebosante de gozo; una gloriosa exhibición del 
amor y el poder de Dios! Cuando Jesús terminó, dice Lucas, "se avergonzaban to- 
dos sus adversarios" (versículo 17). 

La intención de Jesús era representar a un Dios que trabaja perpetuamente para 
restaurarnos física y espiritualmente; quien nunca se detiene, ni de día ni de 
noche, ni durante los días de la semana ni durante el sábado. "Mi Padre hasta 
ahora trabaja", dijo, durante otro encuentro en sábado, "y yo trabajo" (Juan 
5:16,17). 

Jesús reveló a un Dios que nunca se detiene en su obra de amor en favor de no- 
sotros. 



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2. Su enseñanza acerca del pecado imperdonable 

"Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; 
mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que 
dijere alguna palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonada; pero al 
que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en 
el venidero" (Mateo 12:31, 32). Esa persona "no tiene jamás perdón, sino que 
es reo de juicio eterno" (Marcos 3:29). 

La dificultad en esta declaración en particular procede del hecho de que parece 
improbable que Jesús la hiciera, pues su misión, como él mismo la había defini- 
do, era, "buscar y salvar lo que se había perdido" (Lucas 19:10). Y aquí aparece 
esta misma persona declarando que es posible que algunos lleguen más allá del 
alcance de su gracia y su misericordia. ¡Eso es aterrador! 

Es posible que todos los pastores hayan encontrado al menos una persona que 
sentía que había cometido el pecado imperdonable. Tal sentimiento puede surgir 
de una conciencia excesivamente sensible o de una persona que ha incurrido 
en un comportamiento inmoral voluntario durante mucho tiempo: al grado 
que se convierte en un comportamiento crónico y fuera de control. Sintiéndo- 
se impotentes para hbrarse de un vicio (o vicios) en particular, llegan a la con- 
clusión de que han sido abandonados al dominio del pecado, que Dios los ha 
desechado, que han cometido el pecado imperdonable. 

Tales actitudes se fortalecen por las descuidadas declaraciones que a veces 
hacemos sobre el tema. La siguiente, por ejemplo: "Cuando alguien se niega a 
responder a la bondad de Dios, la cual nos guía a arrepentimiento (Romanos 
2:4), la persistente negativa a aceptar las manifestaciones de la gracia de Dios 
resultará finalmente en la comisión del pecado imperdonable" . "El pecado im- 
perdonable es el rechazo persistente de la luz, el rechazo contumaz de lo que 
Cristo ha hecho por nosotros". ^ 

Luego siguen las sugerencias (totalmente carentes de apoyo bíblico): "Alguien 
que teme haber cometido el pecado imperdonable, es claro que no lo ha come- 
tido". ^ El hecho es que hay millones de personas (cristianos incluidos) que han 
rehusado responder, durante largos períodos de su vida, a la bondad de Dios. La 
declaración citada arriba, por lo tanto, tomada literalmente, dejaría a millones 
de personas temerosas de haber cometido (o estar en peligro de cometer), este 
terrible pecado; pero consolándose porque no lo han cometido. 



Guía de estudio de la Biblia, edición para maestros, abril-junio de 2006, p. 142. 
'^ Ibid., p.146. 

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Pero si nos atenemos al debido contexto escriturístico, emerge un cuadro totalmente 
distinto, uno que ni causa ansiedad indebida, ni compromete la fundamental misión 
de Jesús que es perdonar y salvar. En el conciso y apretado Evangelio de Marcos, la refe- 
rencia a este pecado aparece en el capítulo 3, versos 28, 29. Pero la hebra contex- 
tual comienza desde el capítulo 1, y Marcos quiere que veamos todo este con- 
texto antes de llegar al incidente particular que colmó la medida de los intran- 
sigentes dirigentes eclesiásticos a quienes Jesús les dirigió la aterradora decla- 
ración. 

Siga los eventos usted mismo, comenzando con la demostración sobrenatural 
que acompañó al bautismo de Jesús (en el capítulo 1) y terminando (capítulo 3) 
con el incidente que llenó la medida de los dirigentes y que condujo al pronun- 
ciamiento de Jesús. El marco histórico de ese último incidente se encuentra en 
la sinagoga, un día sábado. "Y había allí un hombre que tenía una mano seca", 
dice Marcos. Los fariseos conocían su condición; lo habían visto sufrir. Sin 
embargo, en este día en particular Jesús lo encuentra y lo sana ante los asom- 
brados ojos de los fariseos. Pero en vez de compartir el gozo, estos dirigentes 
judíos "tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle" (Marcos 
3:1-6). Y con el propósito de satanizarlo, estos maestros de la ley venidos de 
Jerusalén ofrecieron su juicio autorizado y erudito: "¡Tiene a Beelzebú!", dije- 
ron, "por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios" (Marcos 3:22). 

Fue en esta coyuntura particular (y podemos trazar un contexto similar de la 
misma declaración en Mateo 9: 34) que Jesús expresó su famosa declaración 
acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Dijo esto "porque ellos habían 
dicho: Tiene espíritu inmundo" (Marcos 3:23-30). Al acusar a Jesús de estar 
poseído por un demonio y atribuir voluntaria y maliciosamente la obra del 
Espíritu de Dios a Satanás, estos dirigentes judíos cruzaron finalmente la línea; 
habían cometido lo que Jesús llamó el pecado contra el Espíritu Santo. 

Lo que vemos aquí, entonces, es que hay una clara especificación acerca de es- 
te pecado particular, con dos importantes elementos que van juntos: tener 
grandes privilegios espirituales y renunciar a ellos, por una parte, y la nega- 
ción pública y sacrilega de las claras manifestaciones del Espíritu de Dios, por 
la otra. Estas son las condiciones del pecado imperdonable. Lo que yo encuen- 
tro en los Evangelios es que el pecado contra el Espíritu Santo se comete cuan- 
do la respuesta de alguien es tan radical como la de los dirigentes judíos, y pre- 
cedida por eventos sobrenaturales similarmente convincentes. "Ignorar al Espí- 
ritu de Dios, acusarlo de que era el espíritu del diablo, los colocaba en una po- 
sición en donde Dios no tenía poder para llegar a su alma". "El pecado de la 

' Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1068. 

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blasfemia contra el Espíritu Santo no radica en cualquier palabra o hecho súbi- 
to, sino en la firme y determinada resistencia contra la verdad y la evidencia". 
Con frecuencia me queda la impresión de que mucho de lo que decimos acerca 
del pecado imperdonable son como tácticas intimidatorias que se han desviado 
terriblemente, distorsionando el mensaje de la gracia y la paciencia de Dios. 

3. Sus enseñanzas acerca de la gracia 

"Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe". "El justo por la fe vivirá". 
¡Maravillosas declaraciones! Pero usted no escucha estas expresiones de labios 
de Jesús, lo cual hace que algunos se pregunten, a veces inconscientemente, si 
Jesús creía o no en la justificación por la fe, ese principio central de la cristian- 
dad, proclamado en su nombre. ¿Creía Jesús que somos salvos por la gracia? 

No existe ninguna duda de que creía en la justificación por la gracia. Pero su 
enfoque fue totalmente diferente. En él vemos la gracia en acción y en parábo- 
las, no en proposiciones doctrinales. Jesús vino como el epítome de la gracia. 
"¡Y vimos su gloria", escribió Juan, "gloria como del unigénito del Padre, lleno 
de gracia y de verdad!" (Juan 1:14). 

De los muchos incidentes de la vida de Jesús que hablan de su gracia, quiero 
analizar aquí brevemente solamente cuatro. 

1) La parábola de los obreros de la viña hace que aflore el "no es justo" que 
está en todos nosotros; y ese es, precisamente, el punto. Los obreros que llega- 
ron al trabajo a la hora undécima recibieron el mismo salario que aquellos que 
habían llevado el calor y la carga del día (véase Mateo 20:1-15). Es un acuerdo 
calculado para que los sindicalistas y otros teóricos del trabajo griten de rabia, 
que precisamente fue lo que ocurrió en la historia. Enojados por este extraño 
método de cálculo, los primeros obreros contratados "murmuraban contra el 
padre de familia". No es justo, dijeron, pagarles lo mismo a estos que a noso- 
tros "que hemos soportado la carga y el calor del día". Como si tuviera el 
propósito de tocar el punto sensible, el padre de familia dijo en respuesta: 
"Quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con 
lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?" 

La recompensa por aceptar a Jesús es la vida eterna; y eso es lo que recibe cada 
uno, ya sea que haya trabajado en la viña toda su vida, o aceptado a Jesús en la 
hora undécima. Es lo que llamaríamos "escandalosa gracia", una gracia que so- 
brepasa la lógica y las normas humanas. 

^ Ibid., p. 1068, itálicas añadidas. 

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2) "Una mujer que había sido pecadora en la ciudad" se presentó sin ser invita- 
da en la fiesta celebrada en la casa de Simón, con un fiasco de perfiíme en sus 
manos; y algunos (incluyendo a Simón) objetaron el hecho cuando ella abrió su 
lujoso regalo y lo derramó en la cabeza y los pies del Salvador (Mateo 26:6- 
16). Pero aquella ofrenda procedía de un corazón que rebosaba de amor y grati- 
tud por lo que Jesús había hecho para salvarla. Y fue en respuesta a aquellas 
objeciones que Jesús contó su breve pero reveladora parábola, de la cual solo 
dos líneas se necesitan aquí para aclarar este punto: "Un acreedor tenía dos 
deudores [...]. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos". 

Esa es la situación de toda la familia humana. Todos tenemos una gran deuda 
con el Señor y ninguno tiene con que pagarla. Por tanto. Dios canceló la deu- 
da de todos: ¡Todos los que lo aceptan! Eso es gracia, gracia perdonadora. 
Nuestra deuda ha sido pagada por la cruz de Cristo. 

3) Jesús presentó una provocativa parábola acerca de la gracia "a unos que 
confiaban en sí mismos como justos" (Lucas 18:9). En la historia, un fariseo y 
un publicano (cobrador de impuestos) fueron al templo a orar. El fariseo agra- 
deció a Dios porque era diferente de los otros hombres: no era ladrón, mal- 
hechor, ni adúltero; ni siquiera como el recaudador de impuestos, a quien segu- 
ramente estaba viendo con el rabillo de su orgulloso ojo. "Ayuno dos veces a la 
semana", dijo, remitiéndose a las pruebas, "doy diezmos de todo lo que gano" 
(Lucas 18:10-12). Se sentía muy bien consigo mismo, y algo muy grave debía 
estar ocurriendo si el cielo no compartía la misma opinión. 

Mientras tanto, el pobre cobrador de impuestos, "estando lejos", se sentía com- 
pletamente indigno de acercarse. "No quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino 
que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí pecador" (Lucas 
18:13). 

Pero ahora llega la asombrosa declaración: "Os digo que este descendió a su 
casa justificado antes que el otro" (Lucas 18:14). 



Conclusión: Es nuestro corazón contrito y humillado lo que cuenta delante de 
Dios. "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y 
humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:17). 

4) La parábola del hijo pródigo, aunque algunos la llamarían de "los hijos 
pródigos" (Lucas 15:11-31), se destaca como un inmortal monumento a la gra- 
cia. Se refiere a un muchacho, quien después de pedir que se le diera su heren- 
cia por adelantado, malgastó todo "viviendo perdidamente". Pobre y sucio 
ahora, sin ninguna posesión, excepto los harapos que vestían su macilenta 
humanidad, se dirige hacia su casa, donde espera ser recibido fríamente. 
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Pero su padre, cuyo corazón estaba quebrantado desde el día en que su inquie- 
to hijo había abandonado su hogar, había anhelado continuamente su retor- 
no. Durante muchos meses, quizá años, había vigilado el solitario sendero que 
conducía a la casa, y cada día había terminado completamente chasqueado. 
Hasta que un día, la figura de un harapiento vagabundo apareció a la distancia. 

Y "cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y ñie movido a misericordia, y co- 
rrió, y se echó sobre su cuello, y le besó" (Lucas 15:20). Mataron un novillo en- 
gordado, y se celebró la fiesta más grande del año. ¡Su hijo extraviado había 
vuelto al hogar! 

Esa es gracia per donador a, gracia que es mayor que todos nuestros pecados. 

Y tampoco deberíamos olvidar la forma como el Padre trató a su otro hijo: la 
forma sensible y llena de gracia con que trató a este hijo mayor que había lle- 
vado el calor y la carga de todo el día (como los primeros obreros contratados 
en la parábola de Jesús), y que también se sintió muy ofendido por la gozosa 
fiesta que estaba en todo su apogeo. La historia termina abruptamente con el 
padre y el hijo mayor todavía afuera del festivo salón, en una angustiosa situa- 
ción a la vista de todo el universo: "¡Continuará... en el cielo!". 

"¡Maravillosa gracia de un amante Dios, 

Gracia que excede a nuestros pecados y nuestra culpa!" 

No hay Otro como él 

La esperanza que yo tenía en este breve tratamiento era demostrar algo de la 
sabiduría que está detrás de las enseñanzas de Jesús. Pero no sabiduría en el 
sentido mundanal, sino espiritual, una sabiduría diferente de la llamada sabi- 
duría de los maestros humanos a través de los siglos. 

Ninguno la expresó mejor que aquellos alguaciles que fueron enviados a apre- 
henderlo, que sintieron atadas sus manos y sus corazones extrañamente cálidos. 
Todo lo que pudieron ofrecer a sus superiores por el inadmisible incumplimien- 
to de su deber fue esta declaración inmortal: "¡Jamás hombre alguno ha habla- 
do como este hombre!" (Juan 7:46). 



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